BAILAR LA ESENCIA VITAL

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Un exceso de domesticación es como prohibir bailar a la esencia vital. En el estado saludable que le es propio, el yo salvaje no es dócil ni estúpido. Está alerta y reacciona en cualquier momento y ante cualquier movimiento. No está encerrado en una sola pauta absoluta y repetida, válida para todas las circunstancias. Tiene una opción creativa.

Mujeres que corren con los lobos. Clarissa Pinkola Estés.

Para mi, una de las cosas maravillosas que tiene la danza y el entrenamiento creativo en general, es la posibilidad de practicar consciente y constantemente la alerta del yo salvaje. Esto supone estar viva y entrenarme en el hecho de mantenerme despierta y enraizada en el cuerpo. La presencia me permite desplegar mi sensibilidad en todos los planos que puedo percibir, conectarme a mis tejidos, mi respiración, mis sensaciones, emociones, y a la alegría que siente mi alma al ser nutrida por la belleza del movimiento del espíritu.

La danza nos ofrece explorar un instinto vibrante y libre, sanar lo que se estancó y no nos funciona. A través suyo abrimos un espacio para crear, jugar, romper, unir, y, en definitiva, habitar lugares desconocidos en ese “a ver qué pasa”. Confiando en el instinto nos atrevemos a ser vulnerables y contar historias vivas. A veces esas historias nos duelen y otras veces son gozosas, pues conectan profundamente con vivencias propias que tenemos la oportunidad de aceptar, transformar y liberar. La danza es efímera como las expresiones del Tao, existe mientras se ejecuta y después muere. Es un ejercicio de crear y soltar lo creado, viviendo el presente.

El hecho de estar despierta supone también aceptar el ser consciente de la información que estoy recibiendo del entorno, de la vivencia de las otras personas que en ese momento están implicadas conmigo en el proceso, participando con una atención activa de las decisiones que surgen en las propuestas que tejemos entre todos. Así, vibro en mi sistema al tiempo que en el campo grupal creador del movimiento y en el lugar donde estoy, admitiendo encuentros y desencuentros.

Un espacio creativo es un lugar que abrimos para ver “qué sale” y después utilizar o no el material según sean nuestras decisiones ante los diferentes caminos que se despliegan en cada momento. Necesitamos aprender a desechar material, incluso si nos parece precioso, pues tal vez no encaje con las decisiones creativas que estamos tomando en el contexto general de un montaje.

Para crear necesitamos continuamente sacudir nuestra inercia hacia la comodidad y abrirnos a la escucha de otros mundos llenos de posibilidades. En esta sociedad muchas veces nos detenemos a poco que tenemos que realizar un esfuerzo. Hay una cierta pereza y, para mi, esta pereza a menudo viene de un miedo a transformarnos y a tomar responsabilidad de nuestras decisiones. En algunas ocasiones el miedo al cambio nos impulsa a buscar una falsa seguridad y a dar las cosas por sentadas. Hacemos un pequeño cambio y, como ya lo hemos hecho, a continuación nos dormimos. A veces parece que no tenemos energía para hacer nada más que seguir la inercia de todos los días, los pasos de baile que ya conocemos, los aspectos internos que responden a programaciones, carencias instintivas y vaivenes emocionales provenientes de círculos cerrados. Sacudiéndonos el lomo como lobos y aplicando gozosamente trabajo y disciplina podemos regresar a ese instinto salvaje que no repite dos veces el mismo sendero.

La danza es un camino de disfrute, responsabilidad y disciplina para cuidarnos y ocuparnos del cuerpo, de mantener a punto el templo carnal abierto a las sensaciones, para llevarlo más allá de sus límites y posibilidades aparentes. A mi me gusta observar cómo acciono y reacciono y cómo puedo apoyar o romper la energía que estoy creando en mi y también entre todos. Para mi, la ruptura es muchas veces como una tormenta renovadora que ayuda a que una nueva situación amanezca. Abrimos el juego creativo para aceptar todo lo que va apareciendo en el espacio, nos guste o no, seleccionar el material que queremos y llevarlo con amor en una dirección que tome fuerza y claridad.

Todo lo que está vivo tiene que ver con el movimiento. Pina Baush.

La danza me hace sentir viva y vibrante. Bailar genera en mi energía y pasión por descubrir caminos nuevos. Desde ese pulso celular mi alma se mueve y desprende su melodía única. Pulsando en la vida salvaje puedo conectar con las historias que mi ser me cuenta, aquellas que necesitan airearse para ser sanadas y aquellas que quieren salir a la luz para ser comprendidas y celebradas. Todas esas historias son sagradas, pues emanan desde lo más íntimo de mi. Y la onda de ese pulso celular, me conduce al éxtasis de la fusión con aquello que no tiene nombre.

La danza también me ayuda a empoderarme y llevar a cabo los propósitos del alma, manteniendo la presencia en este magnetismo generador de vida al relacionarme con los otros y mezclar los colores de otras músicas del alma, otros movimientos que también pertenecen al espíritu. Bailar me ayuda a entender las energías activas y receptivas en mi, a ampliar horizontes y disfrutar de la riqueza y la diversidad de cocrear con los demás.

La danza, para mi, tiene espíritu. Es un camino con corazón, un misterio palpitante que todo lo transforma, que se genera a sí mismo desde el caos primordial y se diluye en una quietud que abraza ampliamente la creación del movimiento. Y desde ese lugar silencioso y extático me gusta compartirla.

Texto: Teresa Rodríguez
Fotografía: extraída de internet. Ignoro el autor.

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