EL ÁRBOL DE LOS HUESOS

Arbol-sagrado

Verticalidad esencial. La vida humana se eleva en la catedral de los huesos. Pilar primordial. Cada árbol es un templo latente, una puerta que da acceso a las energías pertenecientes a los mundos inferiores y superiores. Árboles y huesos, sostenedores del movimiento en el aliento original.

Desnudos o vestidos, los árboles cobijan a las almas desde la noche de los tiempos. Como ellos, aprendimos a erguirnos. Como ellos aprendimos a susurrar el amor, a comunicar lo alto y lo bajo girando en la espiral de la Vida/Muerte/Vida. Estas reflexiones llegaron hasta mí mediante un árbol muy viejo, un generoso guardián del bosque.

“Hay árboles que, con el tiempo, nos convertimos en piedras, nos volvemos hueso. Y hay huesos que albergan en su interior los códigos originales de la ramificación de la vida.

En las cabezas de los huesos, especialmente en los huesos largos del cuerpo humano, se fabrica la vida y la sangre, quedándose esa capacidad inmanente incluso después de morir. Es más, los huesos permanecen cargados de energía aún mucho tiempo después de la muerte. Por eso, los cementerios, donde vuestros antepasados enterraban a sus muertos con los huesos enteros, son centros de poder y de energía, además de la entrada a otros mundos.

Vuestros antiguos aceptaban la muerte como parte de la vida, mucho antes de que las creencias de aquel tiempo los manejasen para tenerlos controlados mediante el miedo. La gente acabó temiendo a esos lugares, pues percibían la acumulación de energía, y la vestían con supersticiones. Pero algo había de cierto en esas historias, como hay un punto de verdad en cada mentira.

A la luz van las polillas hambrientas para beber y comer de las energías acumuladas, y allí se juntaban aquellos atrapados por los velos del infierno. A estos se sumaban los que, aunque la especie humana no fuese con ellos, venían a alimentarse de la energía de los huesos y, sobre todo, del miedo de los vivos que permanecían alrededor. Dadnos el miedo a los árboles, para algunos de nosotros es alimento. Y así quedaréis en paz.

Los árboles alojamos energía en nuestras raíces vivas, brillamos, comunicamos los mundos y tenemos la capacidad de penetrar la tierra y romper las piedras con nuestras raíces para buscar el agua pura que nos haga pervivir. En la piedra se conserva la energía más antigua de la tierra y al romperla extraemos su memoria y la comunicamos a los seres que sostienen la vida. Guardamos la memoria de los ancestros, la memoria salvaje de los tiempos, igual que los huesos.

Los árboles somos columnas que, como los huesos, sostenemos la bóveda de los cielos. Unimos cielo y tierra, os traemos su luz, la claridad y la oscuridad, el calor y el frescor. Limpiamos vuestra energía estancada y nos alimentamos con ella. Podemos conectaros con la luz, con las sombras a veces, acogiéndoos en nuestros troncos como a un niño de pecho, cortando las raíces de vuestra desdicha cuando estáis presos en las fauces del miedo.

A nuestro abrigo nada puede afectaros, nada puede cazaros. Somos los guardianes del tiempo de este universo, fuertemente cogidos a la tierra, buceando en ella para obtener su sustento, agitando nuestras ramas y danzando al viento.

En esta danza flotamos suavemente o lanzamos las ramas con vigor a diestro y siniestro, arriba y abajo, afuera y adentro. Siempre conectados, siempre enhiestos. Podéis viajar a través nuestro por dentro, podéis escalar los cielos, hacia los miles de cielos que derraman su gracia sobre la Madre Tierra.

Somos como vosotros pues crecemos de pie y somos como vuestras sombras, a veces nos retorcemos. Crecemos como vosotros porque vamos hacia la luz con las raíces en las sombras del destino que nos aguarda, sin tener miedo de lo que ahí acecha. Dejadnos al fresco, dejadnos refrescaros. Sabemos lo que hacemos. Tenemos más corazón y consciencia de lo que os parece.

Hay un árbol que está hecho de huesos. Le dicen el árbol de la muerte y los humanos lo asociáis con las cosas que han perdido su vitalidad. Pero está hecho de huesos y ya sabéis lo que significa eso. Prendido de sus ramas está el buho, mirando en todas las direcciones con calma y tranquilidad. Ese árbol es luminoso, está desnudo y no esconde nada. Cuando quiere ir hacia arriba se estira y con las ramas que se asemejan a las astas de un ciervo acaricia a las estrellas para que se reflejen en él. El árbol es amigo de las estrellas, las invita a comunicarse con él, a posarse en él. Es el tobogán de las hadas, donde celebran sus banquetes de néctar, sentadas en sus ramas.

En el centro del árbol, si lo miráis por arriba, existe un estanque sagrado de aguas limpias. Es un estanque situado en la confluencia de varias de sus ramas. Es el manantial de la alegría, donde van a beber los difuntos antes de proseguir su viaje.

El árbol es un faro en la noche, sus múltiples ramas iluminan los rostros de quienes lo miran, inmersos en una sabiduría que todavía no alcanzan a comprender. Y comprender es lo que menos necesitan. Lo que necesitan es sentir. Porque sintiendo pueden subir hasta ese estanque y bañarse en él, ya que dicen que sus aguas son milagrosas, que lavan todas las heridas y pesares y hace que las almas reposen de su tormento, al menos por un instante.

Algunas almas en eso son insaciables y, como en los antiguos cementerios, merodean tras las ramas hasta que un hada se despista y ellos pueden beber el agua robada. Lo que ellos no saben es que las hadas les dejan que lo hagan, porque ese bienestar tiene que ser para todos y ese agua que alimenta a los difuntos es inagotable. Les dejan beber con la esperanza de que desnuden sus temores y puedan impregnarse del candor de estas estrellas que, como bolas de navidad, adornan las ramas-astas de este árbol de la muerte-vida. De esa forma pueden volver al mar de la luz y el amor de la existencia.

En los rostros ávidos de estos seres habita la desesperanza y allí están las pequeñas hadas, con su risa cristalina y su presencia luminosa, devorando la incertidumbre y alumbrando la esperanza. Porque estas hadas a veces son sutiles y cariñosas, pero otras son fieras salvajes que hacen su servicio de luz sin tonterías, en una cacería que elimina los cebos que les han puesto los oscuros que acuden a la luz.

Ellas se ríen de las trampas, aunque muchas mueren en los choques con la desesperanza. Pero sus pequeños huesos forman parte de la luz del árbol desnudo, blanco e impresionante en las sombras, faro de los perdidos, de los encontrados, de los queridos, de los amados. Cada día tiene más ramas y nuevos estanques. Aquellos que quieren secar el agua milagrosa con su avaricia alimentan sin saberlo sus raíces y su tronco con sus trampas fallidas.

Más amor, más hadas, más candor hace falta, que la astucia sin candor es algo sin corazón. Y vosotros estáis para eso, no para asustaros por la sed desesperada de amor en los otros, sino para ofreceros como un estanque sin fondo, que siempre se vuelve a llenar, porque el amor es infinito y hay para todos los que necesiten de él. Pero recuerda, descansa, no te estreses, deja que el agua brote de tus huesos, no te pierdas en excesos. Descansa, renuévate y desnúdate, que tu piel blanca y tu alma transparente pueden soportar estos trabajos sin que te sobrevenga la enfermedad o la muerte.

Ante esto no hay dudas, cuanto más nos abraces más fuerte será el amor de tu corazón, tu sangre, tu latido, tu servicio. Siéntelo. Hunde tus raíces en la memoria humana y desentraña sus misterios, acomódate en las raíces de tu árbol y vuela entre las ramas del conocimiento que viene de tu corazón.”

Texto y fotografía: © Teresa Rodríguez. Todos los derechos reservados.

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