EL VELO DE LA OSCURA

CND

El interior de la psique femenina porta el misterio oculto en la danza de la creación. Una vez que hemos aceptado su cara oscura, Ella ya no puede devorarnos o llevarnos a la perdición. Nos muestra la belleza de nuestro ser interno, la cual no es otra que su propio rostro desvelado. Llewellyn Vaughan-Lee

El velo de la negra está para que lo descorras y te arrojes al vacío desde cuyo corazón todo se mueve. Está para que te vuelvas transparente y te fundas con las aguas del mar negro, donde se agitan la muerte y las pasiones, para que te desprendas de tus ilusiones y creencias, esas con las que te identificas y que te separan del resto.

La Oscura es un organismo vivo que se alimenta de su danza sagrada y abriga las sombras del tiempo en su seno cambiante y poderoso. Ella es la tierra oscura donde todo germen de vida debe gestarse y preservarse al abrigo de la luz, porque cuando la vida es aún frágil no es el tiempo de exponerse a ella.

La Oscura es el útero que con paciencia crea las condiciones para que la vida se manifieste, alimentándola con su sangre negra, con su carne dura, y a veces tierna. Cuando la vida se manifiesta, le pone pruebas. Retos que las vidas recién estrenadas deben superar para volverse fuertes y poder sobrevivir a la intemperie del día. La fuerza que les da está hecha de vacío transparente, un poquito ahumado, quizás, como si fuese un cristal.

Ella da a sus retoños el sustento con formas sagradas que habitan en la tierra y en el agua, que cristalizan por la noche y bailan un canto de regeneración. La Negra crece en la sombra que le corresponde para gestar toda la vida nueva, porque para emerger a los mundos solares las creaciones deben alcanzar su punto justo, estar listas. Ella decide cuándo es así.

La Luna Negra es una loba que te acoge en su seno para darte cobijo, sustento, curas mágicas con plantas medicinales, y a veces venenos que te pueden matar y te advierten de que la vida es sagrada y el juego de su generación se enciende en tu sexualidad, en la apertura de tu corazón a través del sexo sagrado, en la llama que tu compañero aporta, en el barbecho de las semillas que el corazón salvaje crea. Y no se anda con rodeos. Te muerde si no encuentras tu apertura al cosmos, a la esencia de tu tarea, a tu fusión con la fuente de tu vida salvaje.

Muchas historias corren sobre la Oscura, algunas teñidas con el miedo a lo inmenso, a lo inhumano, lo incontrolable. Miedo que proviene del ego y su necesidad de una identificación adherente. Miedo que tiene la mente al poder crudo y quizás olvidado de la Negra, esa que hace temblar la tierra y agrieta su piel para que brote libre el fuego de la pasión.

La Negra hace pedazos todas las costras que impiden la circulación de la existencia, la percepción de la vida sagrada que en su vientre anida. No quiere saber de compasiones, de bondades ni maldades, ella hace lo que tiene que hacer y no permite que ningún hombre la manipule, y menos aún que la domine.

La Oscura es una luna infinita e indomable, que expande su círculo perfecto danzando, unificando los movimientos de la vida en el universo. Es un mar sin fondo ni forma, una danza hecha de fuerza ingobernable, una intensa hermosura contenida en su vestido de misterio.

El velo de la Oscura es transparente, aunque tú lo no puedas ver a través la mirada ordinaria. Está ahí para que lo descubras, como una iniciación que te hará enfrentar cara a cara los horrores que tu mente ha creado, las experiencias sin digerir, la energía confinada en lo más recóndito del alma, aquel lugar que llamamos sombra, aquel lugar que una vez llamamos infierno, donde sufrimos el asalto de la mente que confina nuestro sentido de fusión, de unidad con el Ser.

La Negra envuelve a toda la creación con su manto de semillas potenciales, compost de flores brillantes que poco a poco saldrán a la superficie abriéndose paso entre su carne húmeda y abierta a la creación, a la fecundación de un compañero sagrado. El velo de la Negra está para descorrerlo, o bien para acercar tu ojo a su tejido, adivinando su trama de plata y las aberturas sin nombre de las que está hecho.

La Oscura habita en lo profundo y para encontrarla sólo debes ponerte en camino. Ella vive en las más recónditas estructuras que te conforman, pero no tiene forma y, como el mar, los innumerables rincones de su ser se mueven orgánicamente coordinando sus ritmos, llegando desde lo profundo hasta tu piel, y mucho más allá.

La Negra es hermosamente oscura, inmensa y contiene el espacio y el tiempo en que las semillas han de germinar. Su velo se retira para dar paso a la más espantosa de las visiones, que todos deberíamos saber soportar. También da paso a la bruja-tierra que nos salva de todos los aprietos, y en cuyo instinto sostenemos nuestro caminar, holgadas de vida y de fuerza delicada y a veces brutal. La Negra es como es, potente, terrible y cruel, como una fuerza de la naturaleza que no pertenece al mundo humano, aunque los humanos le pertenezcamos a ella.

El velo de la Oscura se abre para dar paso a la vida de tu esencia, al hechizo que se derrama desde el corazón de tu pelvis. Se descorre de un tirón cuando te quedas demasiado quieta, a solas con tus miserias, entonces te envenena y te destruye para que puedas morir y renacer como una mujer nueva, distinta, libre de aquellas cadenas que te subyugaron antaño, o de aquellas que has aceptado y no te corresponden. La Negra es la Negra, poderosa en su furia, a veces contenedora, devoradora, justa, la que envenena y da la cura, la que te hace ser más fuerte y poderosa, llamando a la voz sabia de tu intuición.

Si quieres renacer a tu ser profundo conecta con ella a través de tu intuición y tu sexualidad sagrada, para encontrar el fuego de la vida profunda que cura a generaciones enteras, porque se construye una nueva sangre, un nuevo poder. Toma tu poder de regeneración y creación infinita, ofrece tu sangre de luz a la Gran Madre, que te bañe con su fuerza de transformación eterna e imparable. Despliega tus alas y habla con tu propia voz desde el corazón de tu ser.

Texto: © Teresa Rodríguez.
Fotografía: Fernando Marcos.