COMO UN SOLO CUERPO

Brook Shaden6

Entre mujeres, el equilibrio es una magia silenciosa que se teje y sucede por si misma a poco que nos abrimos al misterio. Requiere corazón y tripas. Requiere verdad. Y valentía. Si no los tienes vendrán hasta ti. Vendrá la fuerza ancestral que se teje junta, que remienda los rotos y hace del conjunto una obra de arte nueva. Vendrá. Y recordarás.

Las mujeres somos un solo cuerpo, el esqueleto articulado de la Madre Tierra, con músculos, sangre, carne y aliento hechos de agua, tierra, fuego, cielo y aliento de estrellas. Cuerpos en sintonía directa con la matriz original. El equilibrio se danza entre la mente, el cuerpo y las emociones, el no-hacer y la acción, en una vida siempre en movimiento. Las mujeres somos el cuerpo de la tierra, girando en un eje central que se traslada a su vez en círculos sin fin. Un cuerpo que se articula en una danza cósmica mayor que recoge y potencia los cuerpos celestes en todos los mundos. Todos los seres danzamos en el seno de la Gran Madre y somos Ella.

La Diosa vive en el corazón latente de nuestra matriz, en la raíz de la entraña, en la sustancia de nuestra sangre, en el código de cada una de nuestras células. Las mujeres somos un solo cuerpo sensible, oceánico, acuático. Por eso lloramos las lágrimas ocultas y sentimos los ríos subterráneos de todos los confines de la Madre Tierra. Por eso nos estremecemos antes de que la tierra se sacuda y gozamos cuando pare la vida de nuevo. Y así, unas con otras.

La experiencia grupal es para mi un precioso privilegio. En cada grupo presencio la oportunidad de una transformación que recibimos como un solo cuerpo. Si estamos abiertas, todo lo que pasa desde que abrimos un trabajo hasta que lo cerramos, es un regalo valioso de amor, belleza y comprensión. Un regalo que proviene del vaciarse y volverse disponibles en el cuenco del útero y el corazón. Incluso si estamos cerradas y contraídas, la inmersión en un grupo de mujeres alienta y sustenta la posibilidad de poder llegar a abrir nuestras ventanas de nuevo al sol del amor.

El amor ha venido a nosotras en algún momento de nuestra vida, aunque el dolor proponga lo contrario. Quizás pensamos que ya no podemos sentirlo. Entonces la fuerza del grupo y la belleza de la escucha respetuosa puede ayudarnos a sensibilizarnos de nuevo. A dejar a un lado nuestro victimismo y comenzar a danzar en nuestros propios pies, a ocupar el centro de nuestro propio poder e ir con el movimiento. Podemos abrirnos a la quietud, la paz y el silencio que se manifiestan cuando nuestra danza está hecha desde nuestra columna central.

Juntas podemos permanecer disponibles al movimiento que se genera entre todas más allá de toda expectativa, y descubrir la riqueza que existe en el juego de la vida/muerte/vida. Podemos palpitar y estar simplemente en manada, encontrando nutrición en las cosas sencillas. Podemos dejar nuestros atributos y roles para compartir eso que está pasando por dentro.

Es posible que de pequeñas o en momentos clave de nuestro crecimiento en la vida no tuviéramos cerca personas amorosas y respetuosas. Puede que no nos enseñaran cómo amar y recibir el amor libremente, que sintamos que faltaron abrazos, humor o alimento del corazón y del alma. Es posible que tengamos hambre, ira o rencor. Si es así, es hora de levantarnos y encontrar el amor desde ahora en nosotras y en las personas y ambientes que puedan celebrar y acunar nuestros dones innatos. Es tiempo de alinearnos con el amor y aceptar las pruebas que nos presenta la vida para hacerlo más fuerte e independiente, para encontrar el camino del alma en el regreso al ser.

Una mujer necesita poder “soltarse” y actuar sin pensar, desde el sentir, en espacios que para ella sean amorosos y seguros, especialmente si ha sido dañada. Así puede recibir contención y alimento, aceptar sus límites y recuperar la fuerza con amor, valentía y honestidad. Necesita compartir su quebranto con mujeres que estén sanas en esos aspectos o que los hayan superado. Necesita esa impronta amorosa y aprender por si misma nuevos caminos posibles. Como un solo cuerpo, las mujeres pueden aprender juntas al compartir sus experiencias. Cada cual una célula imprescindible en la creatividad constante de la Madre Tierra. Cada una a su manera.

Como un solo cuerpo, aprendemos los lugares que son fáciles para nosotras, y aquellos en los que nos sentimos más torpes. Comprobamos que el espacio se abre para nosotras a poco que nos enfocamos y podemos ver cómo entrenar esos lugares nuevos o menos transitados y desarrollarlos con amor y paciencia. El discernimiento, en lugar del juicio implacable, la humildad y la curiosidad pueden permitirnos coger el vuelo individual y grupalmente, pues todas transitamos por estos lugares. Para mi el sentimiento de torpeza es un regalo, pues significa que donde me encuentro es un lugar nuevo o prácticamente desconocido, y a la niña interna le encanta descubrir y curiosear para crear. Es una fiesta para la niña, es un sufrimiento para nuestro implacable y poco amoroso juez interno. Nosotras elegimos desde dónde queremos vivir nuestras experiencias, qué queremos crear y qué nos hace más expandidas y felices.

© Teresa Rodríguez

Ilustración: Brooke Shaden

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